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A la moda

Hay quienes se apropian de todos los cánones que dicta la industria del vestir sin mirar si se adaptan o no a su figura. Hay otros más mesurados,  pero para quienes también la moda forma parte de la rutina de su vida. Y están aquellos que la moda ni les va ni les viene.

 A este círculo del ir y venir de “lo último” lo mismo entran mujeres que hombres,  sin discriminar edad, nivel educacional y cuanto parámetro los delimite.

 Pero, ¿qué es la moda?

 Son numerosas las definiciones que pasan por diversos tamices que van desde la tradición ancestral hasta el neoliberalismo.

Una de las más prácticas es la que nos dice que la moda son los gustos pasajeros que condicionan costumbres y tendencias en cualquier aspecto de la vida, aquello que tiene la atención general centrada en sí, que ha creado un momentum a su alrededor.

 Por eso la moda contempla lo mismo un estilo de vestido, el color de la pared de la sala, el diseño de un automóvil, de un peinado, del maquillaje, la joyería, la arquitectura, la grafía, y todo cuanto dependa de la creatividad humana.

Su característica más intrínseca es la fugacidad, hecho que decididamente define el fenómeno.

Cuántas veces una mujer puede cambiarse el color del pelo en menos de un año. O un hombre delinearse el estilo de su bigote o barba. Eso sin pensar si le sientan o no.

El interés radical por el cambio espectacular, por las variaciones que pueden desembocar en una dependencia incondicional por todo lo que signifique novedad forma parte de los pilares que sustentan la moda.

Esta particularidad es bien aprovechada por quienes marcan las pautas, a la vez calzada por la globalización neoliberal que no deja escapar a casi nadie de las imposiciones de lo último.

Sólo por citar un ejemplo, los tatuajes, cuyo origen se remonta al  neolítico, dejaron de ser propiedad de marineros o presidiarios para convertirse en una carta de triunfo de adolescentes y jóvenes de cualquier lugar del mundo.

Ahora mismo usted puede encontrarse a una indígena hondureña con un “tribal” en la parte superior de sus glúteos, o a un holandés con el logotipo de la Playboy lo más cerca posible de sus genitales. Lo importante es que le sirvan de vehículo de presentación.

Asimismo, puede encontrar a una rubia –oxigenada - de piel negra y con el cabello más lacio que los pelos de ángel de los arbolitos de navidad, o una asiática que deja atrás el brillo y la negrura de su cabellera.

Claro, la multidireccionalidad de la moda no deja fuera a casi nadie. Lamentablemente el punto de partida es uno solo y tiene buena relación con los círculos de poder.

Por más que los modistas, en su más amplio espectro, quieran imponer lo exótico, entiéndase costumbres de poblaciones originarias, siempre ha primado el occidentalismo, entiéndase también las propuestas de los grandes países desarrollados.

 Y lejos de asistir a una mayor integración del mundo, vemos como queda en peligro lo ancestral, como se vician sus valores estéticos en virtud de una nueva entrada de dinero. 

Es cierto que la moda da placer. Con ella uno hasta se manifiesta. Incluso es un instrumento que permite estudiar la historia de las disímiles sociedades.

Sin embargo, puede ser engañosa cuando no hay límites, cuando estar a la moda pasa a la adicción. Cuánto no ha provocado tener un rólex, un vestido channel o un perfume Carolina Herrera. Deudas, en el mejor de los casos.

Ese estado de sensaciones hace olvidar que - como le diría el patriota y escritor cubano José Martí en una de sus cartas a María Mantilla - quien lleva mucho adentro, necesita poco afuera.  Y no se refería precisamente a la cantidad de tejido para cubrir el cuerpo.

  

  

    

 

 

  

El amor, el cultivo de flores y otros demonios

Nada existe hoy tan asociado al día del amor como un beso, un mensaje de aliento, un poema... o una flor.

 

Rosas, claveles, nomeolvides, orquídeas, tulipanes, adornan a los amantes, alegran a los amigos y ahondan ese sentimiento, infinidad de veces tratado de definir que, dicen, es motor impulsor de la vida.

 

Por estos días, hasta quien nunca regaló una flor encuentra un pretexto para hacerlo. En el empeño unos ganan y otros pierden. Puede salir triunfante quien la recibió y resultar perdedor algún jardín "asaltado" por amor.

 

Más allá del balance amatorio en esta práctica de regalar flores, existen otros ganadores y perdedores.

 

Semanas, y hasta meses antes del 14 de febrero, empresarios de floristerías comienzan a formular sus pedidos a los más connotados jardines. Los precios de tan románticos productos se disparan y es una gran oportunidad para robustecer el bolsillo.

 

También es una ocasión nada despreciable para los dueños de plantaciones.

 

Pero detrás del amor y del negocio redondo que son las flores, se esconde un demonio: el trabajo infantil.

 

Según la Organización Internacional del Trabajo, los niños vinculados a la floricultura comienzan en edades muy tempranas, por lo que muchos no llegan a conocer nunca un pupitre escolar.

 

Por las características propias de estos cultivos, la jornada laboral se inicia antes de la salida del sol y se extiende por muchas horas. El descanso se pierde como las primeras letras y números, o los juegos iniciales.

 

Ellos participan en todo el proceso de producción, desde la preparación de la tierra, aplicación de fertilizantes, siembra de plántulas, construcción de invernaderos, riego y recolección hasta la propia comercialización.

 

En esta labor los infantes pasan horas de pie, inclinados, agachados o de rodillas, deben desplazarse por terrenos irregulares, manipular cargas pesadas, agroquímicos y están expuestos a cambios de temperatura y humedad constantes.

 

Investigaciones advierten que la exposición a la baja intensidad de químicos tóxicos usados en estas plantaciones afecta la médula ósea, el hígado, riñones, el sistema nervioso central y la estabilidad genética.

 

Una quinta parte de las sustancias químicas utilizadas en la jardinería en los países del Sur producen cáncer y por ello están restringidas o prohibidas en Europa y América del Norte.

 

En Ecuador, por citar un ejemplo, las flores ocupan un importante lugar entre los productos de exportación, detrás del petróleo, el banano y el camarón.

 

A pesar de que el marco legal vigente relativo al trabajo infantil impone como edad mínima los 15 años, en la producción y comercio de este perfumado producto, niños ecuatorianos integran una buena parte de la fuerza laboral.

 

Diversos estudios dan cuenta de que el 42 por ciento de la mano de obra de las empresas de ese rubro en dicha nación suramericana son mujeres menores de 19 años, de ellas, 2,4 por ciento tienen menos de 15.

 

De manera general, entre hembras y varones los menores de 19 años son el 31 por ciento de los productores de flores.

 

La situación se repite en Guatemala y Colombia, incluso en países subdesarrollados donde hay pequeñas plantaciones.

 

Este 14 de febrero, quien reciba un jazmín del delta del Nilo, Egipto, o su aroma encerrado en un frasco de vidrio, tal vez ni sepa cómo es posible que perdure tanto olor.

 

Porque lo más probable es que tampoco conozca que los niños recolectores de jazmín se levantan a la una de la madrugada y trabajan 10 horas en la oscuridad para recogerlos húmedos, y de esa manera puedan conservar todo su aroma.

¿Hondureñas bendicen su sexo?

El creciente papel de las hondureñas como rehenes de la muerte en el último decenio podría ponerlas en la disyuntiva de agradecer o no ser mujeres. 

 

Bendecir su sexo, como escribiera la poetisa nicaragüense Gioconda Belli en su poema Y Dios me hizo mujer, deja muchas dudas ante la imparable ola de asesinatos femeninos en Honduras, donde el miedo forma parte de la rutina de ellas.

 

Datos del Centro de Derechos de la Mujer indican que en los primeros cuatro meses de 2008 murieron asesinadas al menos 55, cifra que ubica al país en la tercera posición de Centroamérica.

 

Pero el Movimiento de Mujeres por la Paz Visitación Padilla asegura que son 120 los feminicidios a nivel nacional.

 

A partir del 2001, matar mujeres pasó a ser una especie de moda en este territorio. Más de mil 200 féminas encontraron la muerte en manos de los hombres.

 

Según estadísticas oficiales, el 2007 constituyó el año con más víctimas por esta causa, con 195. La mayoría fue asesinada con armas de fuego, y en sus cuerpos se hallaron huellas de tortura y ejecución.

 

Las investigaciones forenses dan cuenta de que cada vez son más apreciables los rasgos de crueles asesinatos y violencia sexual, como el caso reciente de una joven a quien su esposo le cercenó sus dos manos.

 

Por la frecuencia de prácticas de tortura, Medicina Forense, en todas las muertes violentas de mujeres -exceptuando los accidentes-, hace pruebas para comprobar si hubo violación.

 

También revisa detalladamente el cuerpo para identificar señas de malos tratos físicos anteriores, y comprobar si ha sido víctima de violencia doméstica y si las agresiones están relacionadas con el crimen.

 

Varios estudios indican que más de un 12 por ciento muere a manos de sus esposos, novios o amantes, y dentro del propio hogar, una muestra evidente del arraigado problema de género.

 

La Policía Nacional Civil (PNC) asegura que cada día recibe entre 15 y 20 denuncias por abusos dentro de la misma casa y sólo en lo que va de año contabilizó más de dos mil 957 por abuso sexual.

 

 

IMPUNIDAD

 

 

Pero, si son lamentables los asesinatos, la impunidad en que quedan lo es igual.

 

Recientemente la PNC reveló cómo el 45 por ciento de las mujeres que han acudido a denunciar algún tipo de maltrato hacia ellas fueron asesinadas antes del desarrollo de la investigación.

 

Sin embargo, la Dirección General de Investigación Criminal y el Poder Judicial no dan cifras de la cantidad de asesinos detenidos, enjuiciados y condenados por estas muertes.

 

De acuerdo con el Centro de Estudios de la Mujer-Honduras (CEM-H), más del 90 por ciento de los asesinatos están en la impunidad. En el 10 por ciento restante hay investigación, y una cantidad mínima y desconocida llega a sentencia. En el 70 por ciento de los asesinatos no se sabe quién las mató.

 

En tal sentido, la directora del Instituto Nacional de la Mujer, Selma Estrada, afirma que la mayoría de las muertes registradas en el país son obviadas por los administradores de la justicia, lo cual crea un círculo vicioso.

 

Los abusadores se sienten protegidos ante la carencia de recursos judiciales que los condenen.

 

En el amplio abanico del feminicidio que campea en Honduras a sus anchas no hay discriminación en cuanto a la edad, el origen social, racial o el nivel educacional.

 

Todas están expuestas al peligro de morir y, en el mejor de los casos, a quedar con las secuelas físicas o psicológicas que pueden emanar de este tipo de hechos.

 

A criterio de representantes de organismos defensores de las mujeres, las muertes se producen porque no hay campañas que aboguen por el amparo de ellas ni una política de Estado que las proteja.

 

Un Informe sobre Feminicidios en Centroamérica, del Consejo Centroamericano de Procuradores de Derechos Humanos y del Instituto Interamericano dedicado al tema, señala que la tasa de esos crímenes en el país fue de 4,69 por cada 100 mil hondureñas en 2007.

 

La directora ejecutiva del CEM-H, Suyapa Martínez, subraya que es en el cuerpo de las damas donde los hombres saldan sus cuentas de guerra.

 

Las mujeres son saldos de guerra, asegura Martínez. Cuando hay pleitos con familiares, esposos, hermanos, por cuestiones de venganza matan a la hija, esposa y hermana, porque hemos sido tomadas como rehenes de la muerte.